Afecto entre formador y seminarista

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Como sabemos, los afectos (emociones, sentimientos, pasiones, estados de ánimo, etc.) forman parte de nuestra vida. En el seminario, la formación se verá permeada por el clima o ambiente afectivo del mismo. Sin embargo, puede pasar que todo este mundo de lo emocional quede desatendido, privilegiándose más lo intelectual. El problema es que si el formador, debido tal vez a su historia o manera de crianza, no puede poner los medios para que haya un buen clima afectivo entre él y los seminaristas, la labor pedagógica se dificulta o bloquea seriamente.

Sin duda alguna, ser formador en un seminario no es una labor sencilla. Si bien existen dificultades de diversa índole, tal vez lo que más causa “dolores de cabeza” es el aspecto de las relaciones humanas. Todo lo que se “mueve” a nivel afectivo, ya sea de manera consciente o inconsciente, va a influir en la menor o mayor calidad del proceso formativo.

Es aquí en donde el formador necesita de cierta sensibilidad afectiva, para detectar lo que sucede en ese nivel emocional. Como ya decíamos, no todo se puede ver de manera clara y explícita, por lo que un aspecto fundamental es mantener una moderada observación del entorno afectivo del seminario.

Sin embargo, como bien dice el dicho, “nadie da lo que no tiene” o, podríamos decir en este caso, “nadie da, lo que no ha trabajado en sí mismo”. Para desarrollar una sensibilidad en cuanto a lo afectivo que se “mueve” en el seminario, es necesario que el formador esté en contacto con sus propias emociones, distinguirlas, así como desarrollar la habilidad para saber identificar hasta qué punto le están facilitando, dificultando o impidiendo la relación con los seminaristas.

La historia personal, la manera en que el formador fue criado en la infancia o, más adelante, formado para el sacerdocio, afectarán su manera de vincularse con los jóvenes del seminario en el que ahora se encuentra sirviendo. Hay ciertas actitudes en su relación con los seminaristas que pueden indicar la necesidad de trabajar con la historia personal y las propias emociones:

Antipatías sin motivo aparente. Por ejemplo, puede ser que sienta rechazo por un seminarista; simplemente, todo lo que hace ese joven es malo (no se puede ver nada bueno en él).

Simpatías exageradas. Por ejemplo, el formador siente especial empatía por dos seminaristas, al punto de tener preferencias y dedicarles más tiempo sin necesidad de que sea así.

Frialdad en el trato. Este aspecto puede camuflarse y hasta pasar por algo virtuoso: “es muy desapegado”, sin embargo, en el fondo hay dificultad cierta evitación del vínculo afectivo.

Excesiva rigidez en su manera de disciplinar. Si bien la disciplina es un elemento esencial de cualquier proceso formativo, tal vez el formador mantenga una postura tan rígida que genera agresión permanente en los seminaristas. La situación suele salirse de control.

Laxitud en su manera de disciplinar. Es el otro extremo del punto anterior. En este caso no hay establecimiento de límites. El formador es percibido por los seminaristas como “amigo” (lo cual no es malo en sí mismo), pero no como autoridad.

Estos son algunos aspectos en los que el formador puede poner atención, pues tal vez hay factores emocionales relacionados con su historia personal y que afecten negativamente la relación y el clima emocional. En caso de que se detecten estas situaciones se puede recurrir a nivel individual a la introspección, aunque también se necesita la retroalimentación de otras personas, como podría ser un compañero formador. En el caso de que la situación sea más problemática, tal vez sea bueno recurrir a el acompañamiento psicológico o pedagógico.

 

Para reflexionar:

¿Reconozco alguna de estas actitudes en mi relación con los seminaristas? ¿Cuál exactamente? ¿Qué relación podría tener ello con mi historia personal?

 

Para profundizar:

Linn, Mathew, et al, Cómo sanar las ocho etapas de la vida: la curación de los recuerdos por medio de la oración, México: Grupo Editorial Patria, 2004.