Encontrarse, arriesgarse, amarse.

“… Porque amar empieza por una metáfora…

en el momento en que una mujer inscribe

su primera palabra en nuestra memoria poética.”

(Milan Kundera)

 

Estamos llamados a amar, es decir, a relacionarnos con los otros. Desde que nacemos, si no lo hacemos, simplemente moriríamos pues nuestra condición humana es de una vulnerabilidad tal que al ser arrojados al mundo la única forma de sobrevivir es a través de los cuidados que una persona nos provee. Así, la manera de interpretar el mundo y las posteriores relaciones que establezcamos estarán cimentadas sobre esa primera relación sea como haya sido.

Sin embargo, aunque es una condición inherente del ser humano, las relaciones no siempre son tan sencillas puesto que están involucradas esas primeras experiencias y aquellas que se vayan acumulando dando un significado a la vivencia que muchas veces escapa de nuestro entendimiento.

Cuando hay experiencias dolorosas en una relación, que se acentúan si hay experiencias dolorosas en el pasado, difícilmente confiamos de nuevo. Es más, la creencia de que el acercarnos afectivamente a una persona es garantía de su afecto y por ende la relación sería permanente, resulta ser más dañina que esperanzadora. Sobre todo, esta creencia es más duradera a medida que nuestros afectos son más intensos. Por otro lado, cuando debajo de esa necesidad de establecer relaciones afectivas hay una necesidad mayor de sanar las propias heridas tendemos a idealizar a la otra parte como promesa de sanación.

“Oh, amigos míos, no hay ningún amigo”.

(Aristóteles)

Lo cierto es que un vínculo afectivo es “sanador” en la medida en que uno se entrega a esa experiencia de amar y ser amado. Pero, ¿qué pasa cuando debajo de la piel tenemos una coraza que nos protege de cualquier experiencia nueva y esta coraza es tan dura e impenetrable? Específicamente, ¿qué pasa cuando nuestro interior se ha desbaratado y la única forma de zurcirlo es a través de defensas que no permiten el vínculo? Con esas barreras, ¿nos entregaríamos a la experiencia?

Hablar de vínculos es en extremo complejo puesto que el encuentro trata de dos seres, dos mundos (o más), dos deseos distintos. Cuando una persona es habitada sólo por experiencias negativas, difícilmente va a “abrir la puerta” a lo que viene; se negará a la relación y a amar.

“Cuando dos seres se abrazan, no saben lo que hacen;

no saben lo que quieren;

no saben lo que buscan;

no saben lo que encuentran.”

(Paul Ricouer)

Pensemos ahora en el hecho de compartir. Quienes deciden com-partir su vida a los demás (a su familia, a sus amigos, a su apostolado, a su comunidad), están entregando parte de sí mismos, están com-partiendo esas experiencias que los habitan ya que es el bagaje que poseen. Es lo que tienen de sí para los demás; el apostolado es compartir lo que de Dios sé y así hacer comunidad.

Partiendo de estas premisas, y sabiendo que adquirimos consciencia de Dios a medida que crecemos, podríamos decir que la relación que establecemos con Él y que luego compartiremos va a estar fijada en cómo aprendimos a vincularnos así como también en la medida en que confiemos en esa relación, en otras palabras, vincularnos será un acto de fe.

 

Al haber una tempestad, el suelo queda removido, resbaladizo, frágil y sostenerse en pie costará trabajo. Habrán sentimientos de desesperanza y quizá la sensación de que la lluvia se llevó una parte importante de mí pues es más fácil centrarse en lo que falta que en lo que se queda. Pero al mirar alrededor y descubrir que la lluvia no sólo me mojó a mí sino que también mojó a los que caminaban conmigo, es decir, mis hermanos, puede revelarse ante nuestros ojos que nos encontramos unidos por una conmoción que nos afectó de igual forma. Lo mismo pasa en las relaciones, el saberme en falta me hace buscar fuera aquello que considero me sanará y lo que encuentro sólo va a develarme que hay otro en falta buscando algo que lo sane.

 

“Que se amen unos a otros, como yo los he amado.

Nadie tiene mayor amor que éste,

que es el poner su vida por sus amigos.

Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.”

(Juan 15:12-14)

Cuando Jesús partió, quedó su palabra y la promesa de regreso. La forma de encontrarlo es un misterio que se revela en la fe y es esta misma aquella que nos invita a confiar, a apostar por una vivencia del amor de Dios. Una comunidad se instituye en la medida en que existe la fe de lograrse en el amor, no existiría sin esa confianza que se deposita en el hecho de descubrir que la única forma de amar es arriesgarse a hallar el amor en el otro. El amor de Jesús, el que nos hace encontrarnos con un Dios vivo se manifiesta en nuestra capacidad para “dar entrada” a eso diferente que comparte un mismo camino, y esto, nunca será posible sin una gran ausencia que la precede.

 

Para reflexionar:

¿Cómo vivo la confianza? ¿Me es fácil confiar?

¿Qué es para mi amar?

¿Qué dice de mí, la relación con Dios? ¿Es similar o diferente hacia la relación que tengo con los demás?

 

Para consultar:

* Domínguez, C. (2001) “El vínculo de la amistad” en Los registros del deseo.

* Cencini, A. (2000) “Fraternidad en camino. Hacia la alteridad”.