Las trampas de mi negación

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Un seminarista suele enfrentarse a una serie de expectativas que los familiares, formadores u otras personas tienen sobre él, tales como que cubra con cierto perfil y comportamiento. En el ámbito afectivo-sexual, dichas expectativas pueden llegar a pesar mucho, sobretodo porque es un aspecto en que nadie tiene un control o dominio absoluto. Existen debilidades y habrá que trabajar en éstas, pero una condición es necesaria: la aceptación.

La etapa en la que un joven entra al seminario, aunque en algunos casos es distinto, generalmente es en la adolescencia o juventud. Estas son unas etapas en las que el seminarista todavía se está descubriendo a sí mismo y, aunque este proceso dura toda la vida, en este momento evolutivo se acentúa más.

El área afectiva-sexual implica especial dificultad, pues baña o permea todo lo que la persona es: sus relaciones, trabajo, apostolado, etc. Es de donde surge la fuerza, el motor que nos impulsa. En la adolescencia esta fuerza se despierta con intensidad como una manera de decirnos: ¡aquí estoy! El problema es que el joven todavía no tiene todos los recursos psicológicos y espirituales, para manejar adecuadamente este nuevo elemento.

Es aquí en donde surgen distintas dificultades o situaciones que generan miedo, frustración, culpa en el seminarista. El impulso sexual puede llevarle a tener conductas que tal vez se perciban como una amenaza y que tratará de mantener en secreto. El problema es que la culpa y frustración se sigue acumulando, generando malestar o depresión.

El mayor problema no es tener estas dificultades en lo afectivo-sexual, el problema es que el seminarista caiga en ciertas trampas mentales que le impidan buscar ayuda o salir de la situación. Algunas de las posibles trampas las presentamos a continuación:

Dramatizar la dificultad o creer que es lo peor del mundo. ¿Qué tal si es muy grave mi problema? A nadie más le pasa; todos los demás excepto yo, son perfectos en su vivencia afectiva-sexual.

Minimizar la dificultad o problema. No es tan grave; no hay problema; qué puede pasar. Pensar que leyendo un libro o reflexionando se superará.

Concentrarse en la autoimagen. ¿Qué van a decir de mí? ¿Qué tal si piensan que soy un pervertido, sucio, malo? Me van a correr del seminario; no podré volver a ver a la cara al formador. ¿Y si alguien más se entera? Me van a ver muy mal.

Racionalizar. Por ejemplo, si un seminarista ve pornografía, tal vez pueda pensar: “lo que pasa es que no tengo prejuicios con la estética del cuerpo humano”.

Sobre-estimarse. Todo lo tengo bajo control. Puedo solucionarlo con mis propias fuerzas.

Las trampas se pueden presentar de diversas maneras. Cada persona necesita descubrir cuáles son a las que recurre con más frecuencia. Depende en gran medida de nuestra historia, el tipo de trampas que utilizamos para encubrir nuestras dificultades afectivas y sexuales. Identificar las trampas, es un buen inicio para comenzar a ser más sincero con uno mismo.

 

Para reflexionar:

¿Identifico alguna trampa de negación en mí? ¿Qué podría estar detrás de esa trampa (emociones, sentimientos, experiencias de la infancia)? ¿Soy totalmente sincero conmigo mismo?