Mal de Procusto: El que corta la cabeza o los pies de quien sobresale

« No tiene sentido contratar a personas inteligentes y después decirles lo que tienen que hacer. Nosotros contratamos a personas inteligentes para que nos digan qué tenemos que hacer. »[1]

Steve Jobs

 

Se le nombra Mal de Procusto a la incapacidad para reconocer como válidas ideas de otros, el miedo a ser superado profesionalmente por un subordinado o la envidia pueden llevar a algunos superiores o mandos intermedios a eludir su principal responsabilidad, tomar las decisiones más adecuadas para su comunidad, dedicándose a cercenar las iniciativas, aportaciones e ideas de aquellos que pueden dejarles en evidencia. Procusto, un nombre de origen mitológico que retrata una figura que suele observarse en entornos laborales o educativos y resulta nefasta para cualquier organización o grupo.

Historia del mito:

En la mitología griega, Procusto era un posadero que tenía su negocio en las colinas de Ática. Cuando un viajero solitario se alojaba allí, Procusto entraba por la noche en su habitación y le ataba las extremidades a las esquinas de la cama.

Entonces, había dos posibilidades. Si el viajero era más grande que la cama, Procusto le cortaba las extremidades que sobresalían (pies, brazos, cabeza…) para que ‘encajase’ exactamente en el lecho.

Si por el contrario era más pequeño, le “estiraba” hasta descoyuntarlo para que se adaptase a la medida. De hecho, el verdadero nombre del posadero era Damastes. Procusto era su apodo ya que significa “el estirador”.

Lo cierto es que nadie se adaptaba inicialmente a la medida ya que, al parecer, Procusto tenía dos camas para esta tarea, una grande y otra pequeña, y asignaba una u otra habitación en función de la altura del huésped.

El héroe Teseo, en el último de sus trabajos, fue quien acabó con Procusto engañándole para que se tumbase en la cama, momento que aprovechó para atarle y aplicarle su propio “método”.

El Lecho de Procusto:

La literatura universal ha utilizado frecuentemente esta figura desde la antigua Grecia y muy pronto se aplicó a diferentes entornos como la familia, la empresa, la política, la psicología, entre otras. Básicamente, Procusto se ha convertido en sinónimo de uniformidad y su síndrome define la intolerancia a la diferencia.

Así, cuando alguien quiere que todo se ajuste a lo que dice o piensa, lo que quiere es que todos se acuesten en el “Lecho de Procusto”.

Conciencia de quienes lo poseen:

La mayoría de las actitudes y pensamientos que integran este mal son de tipo inconsciente. Quienes lo tienen creen que su visión siempre es tan clara que se molestan si se les dice que no tienen razón. No se ponen en el lugar de los demás, aunque creen que sí lo hacen y suelen hablar de tolerancia, intercambio de idea, etcétera, pero cuando esto se produce no soportan que se den opiniones diferentes a la suya y encuentran cómo criticar o deslegitimar a esa persona.

El propio mito de Procusto ya deja claras sus negativas consecuencias, tanto para quienes ejercen como para la institución en que se encuentran. Este enfoque abarca la deformación de percepción no sólo de personas que tienen un cargo superior, sino también del resto del equipo. Ocurre, con parecida frecuencia, que los subordinados adolecen de defectos similares y no reconocen cuando el que sobresale es el líder designado.

De cualquier forma, el mejor trabajo es el que se realiza en equipo. Muchas veces, identificar estos comportamientos es difícil por los sentimientos y emociones de malestar que ellos conllevan. Por ejemplo, asumir que sentimos envidia ante una habilidad o una buena idea, es ponernos en una posición de vulnerabilidad pero también aceptar nuestra fragilidad y poder cambiar aquello que dificulta el ejercicio de nuestro apostolado.

Un apostolado que no acepta la diferencia, que mantiene un estándar plano y que niega cualquier posibilidad de re-generación –sobretodo por comportamientos como los de Procusto-, es un apostolado infértil puesto que la constante renovación da el testimonio de nuestra fe viva que a veces tiene que despojarse de su necesidad de estancamiento. Ya nos lo recordaría el P. Amedeo Cencini en su pasada conferencia en México: “el estándar tiene que ver con la media, es decir, que lamentablemente deviene en mediocridad”.

Para reflexionar:

* ¿Sé reconocer la diferencia? ¿Qué hago cuando descubro que alguien es mejor o peor que yo en alguna cosa?

* ¿Cómo me comporto con mis superiores?

* ¿Pongo resistencia al cambio?

Para consulta:

* Conferencia del P. Amedeo Cencini en Universidad Pontificia de México (26 –Nov – 2016), disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=tVubi9NOvbw

[1] Extracto del cuento “El caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher.