Permanecer implica escuchar-nos

« El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto,

porque sin mí no podéis hacer nada. »

(Juan 15 – 5)

 

Solemos prepararnos cuando tenemos una misión por hacer. Cuando alguna tarea o labor implica un mayor esfuerzo, la preparación es aún más rigurosa y requiere que saquemos todo nuestro potencial para lograrlo. Suena sencillo pero no siempre lo es. Tanto el medio como nosotros mismos nos exigimos que cada acción que realicemos quede perfecta y evitar cualquier margen de error. ¿Qué pasa cuando la misión principal es vivir plenamente la vocación religiosa? La tarea se vuelve más ardua porque la preparación viene desde dentro.

Cuando hablamos de vocación, nos referimos a ese llamado que fue escuchado y en el cual se implica la persona en dos sentidos: por un lado, una elección hacia algo venidero –servir a Dios-, y por el otro, una renuncia que permita cumplir con esa misión. Sobre la cuestión de la renuncia, debemos pensar que aquella dimisión por amor nos obliga a plantar semillas dentro de nosotros mismos con el fin de que nuestra decisión rinda frutos y nos haga vivir en plenitud.

Difícilmente se puede renunciar a una cosa sin sentir culpa, temor o desánimo, pero el devenir nos mostrará que las decisiones siguen un curso que labraremos y nos reafirmarán que éstas vienen acompañadas de enseñanza y virtudes, con suerte, la sabiduría. ¿Por qué es menester que en este caminar hacia la plenitud uno se encuentre con la necesidad de mirar hacia adentro?

Parece ser que esa mirada se manifiesta al comprender que la fuente de todas nuestras acciones brota desde un lugar donde fue puesta una semilla. Los frutos que resultan de cultivar buenas acciones nos devuelven la experiencia de plenitud, sobretodo cuando atestiguan la obra de Dios, en pocas palabras, cuando se ha escuchado ese llamado. Pero no siempre estamos disponibles a escuchar, a escuchar-nos.

Escuchar-nos es pensar en nosotros como parte fundamental de los demás, escuchar mi adentro que repite un eco y en cuyo centro se encuentra la vocación. Esa misma escucha, nos pide permanecer, permanecer en Cristo y en su obra. La permanencia es una labor incesante y que exige a la vez que gratifica; en el caso de la vocación, rinde frutos que dan testimonio del Dios vivo.

Una persona que permanece entiende que su obrar es permanente y, por tanto, la exigencia requerirá de una búsqueda incesante también, una escucha que perdure y a la vez nos haga preguntarnos por nosotros mismos. Cuando uno escucha un llamado, se cuestiona “¿qué me dice a mí? ¿qué busca de mí?”; la respuesta es que “Yo escuche”.

Escuchar-nos es mirar hacia dentro y hacia fuera. Podría decirse que una condición para la plenitud es comprender que siempre habrá una búsqueda y que la respuesta esta dentro (en uno mismo) y fuera (con los demás).

El acompañamiento permanente se hace necesario porque es condición para « permanecer-perpetuar-pertenecer ». Nos dice el Papa Francisco: “… Poner a prueba a los espíritus para examinar de dónde vienen: examinar el espíritu, qué sucede en mi corazón… Nos lleva allí, al corazón, a preguntarnos precisamente «¿qué sucede, qué siento en mi corazón, qué quiero hacer? La raíz de lo que estoy sintiendo ahora, ¿de dónde viene?».”

 

[1] El llamado es una invitación a la escucha, a pertener a un lugar que nos fue dado por el simple hecho de ser amado. Por ello, la escucha tiene que ver con una exploración que no siempre se logra en soledad sino a través de las bondades que nos brinda el vínculo; y qué mejor que sea con alguien que sepa, entre otras cosas, escuchar. “… Pidamos la gracia de conocer qué sucede en nuestro corazón.”

Para reflexionar: * ¿Qué tan necesario es para mi el acompañamiento? * ¿Soy capaz de escucharme?

Referencias bibliográficas: * “El criterio” En Meditaciones diarias del Papa Francisco: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 2, viernes 15 de enero de 2016 [1] Papa Francisco en Meditaciones diarias 2016