Plantar semillas en mi historia

« No puedo volver al pasado porque era una persona distinta. »[1]

Si pensamos en todas aquellas heridas del pasado y las experiencias traumáticas que formaron esas heridas, lo más probable es que tengamos recuerdos dolorosos que muchas veces nos hacen tener una visión trágica de la vida. Sucede que en las distintas etapas formativas, forzosamente nuestro pasado retorna de alguna u otra forma, sobretodo cuando hay cosas que no hemos elaborado todavía. Es más fácil que un suceso importante opaque otras experiencias y nos haga darle un significado totalizdor ya sea bueno o malo.

Los seres humanos tendemos a dar a las experiencias significados de acuerdo a nuestro bagaje psicológico, incluidas las emociones, percepciones y contexto sociocultural. Ese significado dependerá de nuestro interior en parte y también de aquello que lo rodea. Sin embargo, hay un principio fundamental que muchas veces perdemos de vista.

La Psicología Gestalt nos explica que al percibir un objeto –o situación- nuestro cerebro intenta organizar los elementos percibidos de la mejor forma posible, en cuanto a perspectiva, volumen o profundidad se refiere. Esto quiere decir que nuestro cerebro prefiere las formas integradas, completas y estables y si no lo están, va a buscar completarlas para que adquiera una “buena forma”. Con frecuencia tenemos errores de percepción que desaparecen al observar con mayor detenimiento, pero, ¿hacemos lo mismo con nuestras experiencias?

Sabemos de antemano que Dios mismo habla a través de todo lo que conocemos, incluso sabemos que habla más fuerte cuando necesitamos de su Gracia. Las heridas que cargamos opacan su llamado debido a que una persona suele concentrarse más en la sensación intensa dejando de lado otras sensaciones. Por ejemplo, si de repente tengo una lesión en alguna parte del cuerpo, el dolor que esto me genera va a opacar la sensación de calor o de bienestar que otras partes del cuerpo tienen. Eso pasa con el dolor: el dolor lo nubla todo. Incluso, el significado que se puede dar a la vida o a la misma vocación va a depender de la sensación más intensa que tengamos. El problema surge cuando esa vivencia intensa se propaga hacia las nuevas experiencias y con los proyectos personales donde podemos dar cuenta de Dios vivo.

Nuestros errores de percpeción son los causantes de la mayoría de nuestros conflictos ya que una visión parcial no permite comprender en qué contexto fue que una cosa salió de una forma y no de otra. Una visión parcial de la vocación nos va a llevar a terrenos planos y ya establecidos, perdiendo la capacidad de generar cosas nuevas.

Lo mismo sucede cuando nuestro pasado nos ha dejado un sabor amargo ya sea en la niñez, en la adolescencia o en el mismo presente y es que es más fácil para nuestro cerebro organizarse de la forma conocida –que no siempre es la mejor- a explorar nuevos caminos que nos hagan retroceder para luego crear nuevos significados.

El pasado fue una semilla que fue regada con lo que nuestra historia creyó conveniente. Contamos nuestra vida de acuerdo a como nos lo permite ese principio de la “buena forma”. ¿Qué tendremos que hacer para que nuestras heridas sean más un testimonio de Gracia que de desgracia? No lo podremos saber hasta que nos reencontremos con aquello que hemos dejado en el pasado.

 

Para reflexionar:

* ¿Qué historia puedo contar de mi vida?

* ¿Qué frutos considero que he dado en mi apostolado? ¿Tienen algo que ver con mi historia?

* Las heridas nos permite conocernos, ¿puedo identificarlas?

 

Referencias bibliográficas:

* Del Castillo, Humberto (2015). Reconciliación de la historia personal. Medellín: Ediciones Areté.

 

 

 

 

Lewis Carroll

[1] Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll.