¿Qué significa alcanzar la plenitud?

« ‘Casi muero por todas las lágrimas que no derramé’, pensó. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, por su barba y por su peto. Como provenían de su corazón, estaban extraordinariamente calientes, de manera que no tardaron en derretir lo que quedaba de su armadura. El caballero lloraba de alegría. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar en todas direcciones nunca más. Nunca mas vería la gente el brillante reflejo del acero, pensando que el sol estaba saliendo por el norte o poniéndose por el este. Sonrió a través de sus lágrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba de él; una luz mucho más brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una luz destellante como un arroyo, resplandeciente como la luna, deslumbrante como el sol. Porque ahora el caballero era el arroyo, era la luna, era el sol. Podía ser todas las cosas a la vez, y más, porque era uno con el universo. Era amor. »[1]

Robert Fisher

Hablar de plenitud nos remite casi por automático a la cuestión de la felicidad, siendo este concepto tan relativo y a veces tan difícil de asir. Hablar de felicidad es apelar a una capacidad humana en la cual se consiera tanto una satisfacción muy grande como también esa “sensación de plenitud” que la acompaña. Aunque sean cuestiones diferentes, entendemos la plenitud –y la felicidad- como un fin en el cual ya todo está dado, dicho o acabado, y no siempre es así. El problema que surge al pensar la felicidad como un fin al que todos deberíamos aspirar y que una vez llegando a ella, seremos felices para siempre; es que en la mayoría de los casos, descubrimos la felicidad en un momento determinado, por una circunstancia dada y no todas las veces es “para siempre”. Podríamos decir que la felicidad se nos presenta unos instantes o un tiempo acotado y que luego de ese éxtasis llega la cotidianidad que nos hace buscarla de nuevo. Lo mismo sucede con la plenitud.

En la vida cristiana, la plenitud en Cristo nos remite a considerar que nuestra fe es el camino por el cual acceder a ella dado que sólo colmados de su Gracia podemos seguirle y, por tanto, vivir en completud. Los diferentes desafíos que enfrenta una persona cuya fe es muy grande, requieren de un constante autoanálisis que permita detenerse a pensar si se sigue un camino de bienestar o se está alejando de él. Muchas veces, preguntarse por sí mismo implica una gran carga de angustia porque no siempre se está cerca. Por ello, cuando se piensa en la felicidad de la vida consagrada o incluso en la vida laical, se resiente la lejanía con añoranza e incluso como una imposibilidad.

Para poder ser pleno se tendría que considerar que paradójicamente la plenitud es singular y momentánea. Una persona no podría dar frutos sintiéndose completo y acabado puesto que lo que se ofrece a los demás siempre parte de una necesidad de completarse. Por ejemplo, si creo que soy una persona caritativa, tiendo a reforzar ese pensamiento siendo caritativa con los demás, así mismo, si me siento feliz y plena en algún momento buscaré que esa sensación perdure y hasta puedo esforzarme por cuidar ese estado. Entonces, la condición de posibilidad para que se alcance la plenitud es desearla, es decir, sentirse carente de ella.

Es común que en tiempos modernos se apele a la autosuficiencia y a “aumentar la autoestima” puesto que eso garantizaría el éxito tanto a nivel personal como a nivel comunidad y en la sociedad. Sin embargo, la estima sólo se puede constatar en tanto uno es capaz de expresarla y donarla. Nos construimos por la mirada de otro que nos estima, aprendemos a amarnos porque alguien ya lo hizo en la infancia y reconocernos en camino, sedientos de plenitud, en falta, nos hace donarnos para luego ser colmados de amor en nosotros y en el otro. La plenitud es así: de ida y vuelta.

Se tiende a idealizar la plenitud pensando que una vez que se ha logrado terminar el camino que se forjó ya nada más importará porque en esa sensación de completud y término nada de lo que pase afectará la felicidad alcanzada; pero lo cierto es que siempre estará latente esa necesidad de búsqueda que en un principio la sustentó. Pensado en la formación permanente, alcanzar una vida plena nos hace buscar trabajar en la madurez afectiva que tantas peripecias nos representa, sobre todo cuando asumir la madurez que la vida sacerdotal y consagrada nos requiere, implica una renuncia que no siempre es aceptada por amor a Cristo. Pensemos entonces, que la plenitud no es palpable y mucho menos perenne, pero acceder a ella es signo de madurez en el alma; la madurez no es un descanso beatífico, conquistado de una vez para siempre, sino un ideal, una cima, a la que nunca llegaremos, pero a la que podemos y debemos aproximamos cada día y hora de nuestra existencia[2].

Quien se ha sentido feliz-pleno en su vida sabe el trabajo intenso que tuvo que realizar para valorar ese instante en que todo parecía alinearse con su deseo -el deseo de Dios-, de “ida y vuelta”; puesto que alinear nuestra felicidad con lo que Él quiere para nosotros corresponde a ser testigo de su Gracia y, por ende, llegar a ese estado de completud que no es posible ver si no se está en falta de él.

 

Para reflexionar:

* ¿Me he sentido pleno (a) en mi vocación? ¿Por qué?

* Para mí, ¿qué es la felicidad?

* Mi ser sacerdotal o mi ser consagrada, ¿refleja plenitud y felicidad?

 

Referencias bibliográficas:

* Fisher, Robert (2008). El caballero de la armadura oxidada. Barcelona: Ediciones Obelisco.

* Valdez Castellanos, Luis (2015). Plenitud sacerdotal. México: Editorial Buena prensa.

 

[1] Extracto del cuento “El caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher.

[2] Álvaro Jiménez C., S.J. en “La afectividad de la persona consagrada en la plenitud de su su vida.