Ser un sacerdote sabio y sensible

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Los seres humanos nacemos, crecemos y nos desarrollamos en un determinado ambiente socio-cultural. Esto forma parte de la experiencia vital. Por lo tanto, nuestra visión de la realidad, de nosotros mismos y de los demás está ciertamente condicionada por lo que hemos aprendido o experimentado. Un aspecto que es influido por ello es la manera en como vivimos nuestra intimidad emocional. Se varón o mujer, es decir, el factor sexual, es clave para entender lo que hemos aprendido sobre el aspecto afectivo y los vínculos.

Nuestra afectividad es sumamente rica. Tenemos potencialidades muchas veces no exploradas para entablar vínculos. Como decíamos, en ocasiones nos vemos limitados por ciertos mitos o fantasmas al respecto de nuestra condición sexual y que generan dificultades. Por ejemplo, en el caso de los varones, pueden existir bloqueos conscientes o inconscientes en algunas emociones o expresiones afectivas que generalmente se relacionan más con lo femenino.

A lo largo de nuestra niñez, estamos desarrollando la base de nuestra identificación sexual, por lo tanto, es normal que en ciertas etapas los niños se vuelquen al mundo de lo masculino y las niñas al mundo de los femenino. Esto es un paso necesario para afirmar la propia identidad masculina o femenina. Posteriormente, en la adolescencia surge el interés por el otro sexo, ampliándose el panorama. Es entonces cuando los “mundos” se tienen que reencontrar e, inclusive, retroalimentar. Los varones tienen que ceder y desarrollar cualidades que les acercan al mundo femenino; lo mismo en el caso de las mujeres.

Para armonizar la vivencia de su ser varón o mujer, hombres y mujeres integran elementos del otro sexo al suyo, no con el fin de cambiarlo, sino con el fin de enriquecer su experiencia de vida y poder entablar un diálogo. ¿Qué pasa, sin embargo, cuando este proceso se bloquea o dificulta debido a mitos o fantasmas culturales? ¿Cuáles serían las repercusiones de dicho bloqueo? Algunos de los mitos o fantasmas a los que nos referimos son, por ejemplo, pensar que los hombres, en ningún caso, deben expresar vulnerabilidad, llanto, emociones como la tristeza, afecto hacia otros varones o ternura; por el contrario, se deben mostrar siempre fuertes, firmes, extrovertidos, decididos, entre otras. En el caso de la vida sacerdotal, ¿cómo podrían afectar estos mitos o fantasmas en la manera de vivir la propia afectividad?

Considero que el riesgo de los mitos o fantasmas mencionados está principalmente en vivir una masculinidad y, por consiguiente, un sacerdocio volcado a lo racional y desvinculado de lo emocional. Cuando decimos volcado a lo racional, nos referimos a que hay un desequilibrio y no se han armonizado los distintos aspectos de la personalidad. Entonces, sería un sacerdote, por ejemplo, que no podría contactar afectivamente con sus feligreses. No quiere decir, por supuesto, que sea un mal sacerdote, más bien, que su sacerdocio carecería de un aspecto clave para lograr el mayor impacto de su servicio en lo demás.

Para la vida sacerdotal, ser requiere, además del desarrollo intelectual, un desarrollo emocional y social. Lo primero se quedaría cojo sin lo segundo. ¿Qué pasaría si un sacerdote pusiese el mismo empeño en su desarrollo emocional-social que en el intelectual? Así como es importante que sea sabio, necesita ser sensible. En su servicio, requiere habilidades emocionales como la empatía, la delicadeza, la ternura, entre otras. Esto le brindará más recursos para ejercer esa guía y liderazgo que implica su vocación.

No se trata de comportarse igual que la mujer. A los varones nos gusta ser más reservados en la expresión afectiva. Esto da equilibrio en el mundo. Hay complementariedad y eso enriquece. Sin embargo, el reto es encontrar canales o maneras de manifestar con un estilo masculino, toda la gama de afectos y expresiones que los varones también tenemos y que, a veces, por una imagen distorsionada de la masculinidad nos sabemos cómo manifestar, o inclusive estar esclavizados, debido a ciertos patrones.

Para reflexionar:

¿He reflexionado sobre mi manera de entender la masculinidad? ¿Puedo ser afectuoso, espontáneo y sensible en mi trato?